“Ensanchando” el Círculo de Influencia

Sabemos que el círculo de influencia es dónde las personas proactivas dedican su tiempo y energía, en contraposición a las personas reactivas que, prácticamente, derrochan la mayor parte de su tiempo y energía a aquellos aspectos en los que tienen poca o ninguna capacidad de influir, aquellos aspetos que escapan de su control. Uno puede controlar su respuesta pero no la de los demás, aunque sí podemos controlar cómo nos afectan estas respuestas.

La eficacia y el liderazgo personal pasan por ensanchar nuestro círculo de influencia, por dedicar nuestro tiempo y energía a aquellas cosas en las que sí podemos influir de manera directa e indirecta.

Y ¿cómo podemos “ensanchar nuestro círculo de influencia”?

Una forma sencilla de entender y complicada de poner en práctica (complicada porque requiere una práctica consciente, persistencia y ser capaces de mantener nuestra intención) es através del lenguaje y las preguntas.

La queja es el lenguaje de la impotencia. En la queja no hay movimiento, no hay avance, no se genera nada nuevo, útil, efectivo para cambiar la situación no deseada.

La queja fomenta, eso sí, alianzas inefectivas para el cambio pero muy efectivas para tranquilizarnos y permanecer en nuestra zona más confortable (solo hay que escuchar a una persona quejarse de alguna situación para ver lo rápido que se le unen otras personas, compadeciéndose, reafirmando la queja o añadiendo nuevos motivos a la misma). Y califico de inefectivas a estas alianzas porque refuerzan el inmovilismo a costa de reducir nuestra capacidad para cambiar las cosas.

La parte positiva que tiene la queja, lo que siempre señalo a mis clientes, es que detrás de una queja siempre hay un compromiso; nadie se quejaría por nada, si no le preocupara algo.

Me encuentro con mandos intermedios que se quejan del escaso apoyo que reciben por parte de sus superiores, de la falta de claridad en la información, de la sobrecarga de tareas que les impide dedicar más tiempo a la interacción con los miembros de sus equipos… y cuando buscamos la preocupación que soporta esa queja, encontramos la existencia de compromisos con el logro de los objetivos marcados, con el incremento de su capacidad de influencia, con ser mejores y más abiertos en su comunicación, con escuchar de manera más consciente y atenta, con el buen desarrollo de la actividad, etc..

El primer paso para ensanchar nuestro círculo de influencia es, pues, descubrir y nombrar ese compromiso. Incluso enlazarlo con un propósito mayor: ¿por qué es tan importante para mí estar comprometido con esto? Un genuino “porqué” es una fuente de energía inagotable.

En la mayoría de los casos, estos compromisos no llegan nunca a materializarse en realidades efectivas, no llegan nunca a ser satisfechos por completo, a pesar de la buena voluntad y la persistencia; sobre esta situación comenzamos a construir historias que nos “ayudan” a justificar lo que está sucediendo, historias de villanos, de víctimas y, de héroes. Historias que nos permiten identificar a los culpables de que no podamos progresar en la consecución de nuestros objetivos, de que no podamos ver satisfactoriamente realizados aquellos compromisos.

Y aquí, entramos en el terreno de la culpa; la culpa es el lenguaje de la “irresponsabilidad”, la culpa tiene preguntas para los demás pero nunca para mí. La responsabilidad, en cambio, tiene preguntas para mí: ¿cual es mi contribución a que esto sea un problema?

Si queremos ensanchar nuestro círculo de influencia es vital hacerse buenas preguntas, pues obtendremos buenas respuestas: ¿en qué estoy contribuyendo al problema? ¿qué está requiriendo esta situación de mí? ¿qué podría comenzar a hacer que representaría un pequeño avance en la solución? Son las preguntas de la responsabilidad, es el lenguaje del círculo de influencia.

El lenguaje de la “irresponsabilidad” está también lleno de obligaciones, está desbordado por  todo aquello que tenemos que hacer. Otra manifestación del lenguaje de la “irresponsabilidad” son nuestros “tengo que”; cada vez que nos decimos lo que “tenemos que” hacer nos transmitimos inconscientemente un mensaje de victimismo: alguien o algo parece obligarnos a hacer aluna cosa que parece ser de otra forma no haríamos (“tengo que ir a buscar a mi hijo de 3 años a la guardería”). Cuando utilizamos este lenguaje nos estamos, inconscientemente, quitando la responsabilidad de la decisión. Si queremos ensanchar nuestro círculo de influencia, si queremos sentirnos al mando de nuestra vida y avanzar en nuestra eficacia, sugiero convertir en un hábito estas 3 simples pautas:

  1. Revisemos los “tengo que” y veamos si es posible sustitución por “voy a “ o “quiero..”
  2. Seamos conscientes de nuestras quejas e identifiquemos el compromiso que hay detrás, nuestro “porqué”
  3. Pongamos el foco de las preguntas en nosotros, en lugar de justificar, generemos respuestas sobre nuestra contribución.

Un pequeño cambio en nuestro lenguaje y en nuestras preguntas se traduce en un importante impacto en nuestra efectividad y en la mejora de nuestro entorno. Y sobre todo, es un magnífico antídoto contra la impotencia.